lunes, 7 de abril de 2014

La sal cura y escuece.

Conocerte fue mi mala suerte, y quizás por eso, hoy ya no tengo las mismas manías que contigo. Quizás ya no soy tan supersticiosa. Por qué cuando tu buena suerte pase a ser tu mala suerte, la que antes era mala ahora es tu mejor amiga. Has creado la antítesis, la perfecta copia contraria de la cadena de mi ADN. Has hecho que no quiera, lo que antes ansiaba, has hecho que deje de creer en mi principal creencia, que para mi ya no hayan suspiros, sino aullidos, que prefiera la noche al día. Has hecho que crea más en los finales que en los principios. Cuando entraste creí que te quedarías, pero llegó el viento y te arrastro por esa puerta que debería haber estado cerrada, pero no fue el caso, te aferraste al marco con todas tus fuerzas, dejando marcas que ni con barniz ni pintura se van, ni se irán, pero el aire fue más ansioso que tú. Te acabó echando y cerrando la puerta con pestillo y cerrojo, para que yo no corriera tras tu alma, que entonces aún creía viva. Desde entonces odio las tardes ventosas, hasta la brisa que refresca en verano me resulta molesta. Todo me resulta un huracán que, al fin y al cabo, estoy intentando cruzar, y por el cual sé que pasaré. Otra cosa es que lo haga sana y salva, y sin ninguna herida ni arañazo de por medio, como los de la puerta que sigue cerrada. 

Aunque aquel soplo quizás no quería matarme quitándote de en medio, a lo mejor solo quería salvarme de ti. Y cuando lo miro de esa manera voy a la playa, a sentir como aquel aire agita mi pelo, que bajo el sol de primavera brilla, y sentir las gotas, frías y saladas, rociar mi piel. Pero la sal, al igual que escuece, cura. Sana los arañazos que me provocaste. Para que algo cicatrice, primero tiene que doler, escocer, arder. Que tú quemes por dentro, grites, llores, sufras y superes. La vida está hecha para que te hieran y te cures, tú o los que te quieren. Tu sal y tu brisa marina. 


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