Querer es atreverte a tirarte por un precipicio cogida de la mano de tu compañero de guerras. Si tienes miedo a las alturas no te lances a amar, que la distancia de su cama al suelo te mareará. Y si no tienes suficiente fuerza como para agarrarle la mano y no separaros hasta el final, mejor no le hagas creer que siempre estaréis juntos, porque en contra de tus miedos es inútil luchar, y es que cuando tienes las cosas claras y quieres de verdad los miedos pasan a un segundo plano, se convierten en los escalofríos que te recorren todo el cuerpo, desde la punta del dedo meñique del pie hasta el lóbulo de la oreja, donde te susurran te quiero, algún gemido o varios mordiscos. En ese momento los miedos dejan de ser lo que nos impedía enamorarnos y empieza a ser nuestro helado favorito, el cual compartimos una tarde de agosto, y que nos enfría las ganas de poseernos en la misma playa que nos ilumina la sonrisa de enamorados. Y es que parecemos idiotas. No podemos dejar de sonreír o de besarnos. Y me enfado porque me manchas la mejilla de chocolate, y lo usas de excusa para besarme, pero me aparto. Odio que me manchen. Y me cruzo de brazos y cojo una rabieta como si tuviera tres años y mi padre no quisiera jugar conmigo a las princesas. Tú me miras y sonríes pícaramente, piensas en comerme, y en quitarme el enfado a besos cargados de ganas. Pasan unos segundos, me abalanzo sobre ti y te mato a cosquillas y a algún que otro excitante. Ya no hay miedos en sus tonos más oscuros, ahora son miedos pintados de rojo, como nuestras mejillas. Les han subido los colores, la vergüenza y la temperatura. Esa tarde de verano ronda los 27 grados pero nosotros estamos fríos por el agua salada que moja nuestros pies y calientes por dentro, todo culpa de mi guerrero del precipicio. Me ha hecho saltar, bueno, he saltado porque he querido, porque le he querido. Ahora no visto miedos, visto deseos e ilusión. Me he dejado querer, he aprendido a quererme y me he dejado llevar, me he enamorado.
miércoles, 11 de junio de 2014
domingo, 1 de junio de 2014
Besos de loro en tu cuello.
Contigo los domingos son menos finales y más principios.
Los semáforos se ruborizan, poniéndose rojos solo para que nos besemos. Las esperas en tus labios son más rápidas, y cuanto más rápidas más aumentan mis ganas por abrazarte, como una regla de tres directamente proporcional.
Los silencios sin tus palabras, ni las mías, son relajantes, pero nuestro nerviosismo interno prosigue, y aunque parece pacífico, está esperando el despiste del contrario para comerle a besos y gritarle a su corazón que le quiere.
Nuestra libertad compartida es más libertad que la de muchos otros que la buscan solos, perdidos y creyentes de una realidad falsa. No eres libre hasta que no amas sin prejuicios, abrazas con fuerza cada traspiés y besas cada uno de sus fallos. Y esa libertad nos hace respirar, y suspirar, y aspirar, e inhalar el vaho del espejo que se queda empañado tras una ducha caliente de sentimientos y en el que dibujamos nuestras iniciales envueltas por un corazón, imperfecto, como nosotros.
Las risas entre cosquillas, o en medio de gritos, esas que despiertan a medio vecindario los martes a las tres de la madrugada o las que provocan que me caiga de la comisura de tus labios y acabé en la cama llorando a carcajadas. Reír contigo es diferente, es una risa compartida, sana, mejor que los medicamentos y tratamientos de cualquier hospital.
Y a estas alturas aún planeamos escapadas, y luchas de piratas patapalo que tienen un loro en el hombro que dice 'al ataque, al ataque'. Yo no necesito un pájaro de colores, ni una alarma, para atacar a tu cuello cuando miras a un lado y otro de la calle buscando una flor con la que sacarme una sonrisa. Aunque quizás sí necesite un despertador, para lanzarlo contra la pared cada vez que algo no nos sale bien, y así parar el tiempo o maldecirlo por avanzar cuando estoy contigo.
Porque si te enamoras bien, lo haces hasta la médula, y ya pueden haber sabotajes al barco, que aunque sea con un millón de tapones de corcho de las botellas que dejamos vacías los viernes, taparemos los agujeros de bala del casco y seguiremos naufragando los siete mares (lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo), con paradas en cada puerto pero sin amantes en cada esquina, bueno, uno sí, tú en la esquina de tu cama.
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