lunes, 9 de marzo de 2015

Arcadas.


Se me acumulan demasiados errores, voy a explotar. Las nauseas me vienen solo de ver lo mal que estoy ahora. Ahora ya no sirve emborracharse o pedir perdón. Tampoco llorar para desahogarse, ni gritar para calmarse. 
Me aprieta el alma, me ahoga la conciencia, me comprimen el estómago, me atan de brazos y piernas. Acabo de ser presa de mis propios fallos. 
No puedo decidir un color porque todo lo veo negro, y me estoy mareando de tanta caída. 
No pienso con claridad porque estoy apagada, no tengo ni luz artificial, ni natural, ni propia. 
La cabeza me va a estallar de tanto ir y venir, girar, saltar y rodar. Me maltrato psicológicamente para ver si así sufro menos con el pasado. 
A veces parece que mi corazón se de por vencido, que se declare en huelga. Para de bombear, o al menos eso pienso yo. Firma un pacto con el cerebro para que uno muera y el otro deje de llorar, pero mi cabeza lo acaba rompiendo porque no puede resistir la  ausencia de los únicos pañuelos que le secaban las lágrimas. 
Me encojo, como una bola de nieve, estoy igual de fría por dentro, igual de blanca por fuera. 
Solo quiero dormir, pero por favor, sin soñar. 

Breathe 💭


Hay ocasiones en las que prefieres gritar, reír, llorar, vivir, escribir o transcurrir solo. Te das media vuelta y te hablas a tu yo interno. Te acabas creando un hueco en el que guardas todas tus opresiones externas, te coartas a callarte, a no expresarte, porque en algunos momentos no merece la pena mostrar esa parte de ti. 
Somos conscientes de que hablarlo con el espejo no nos va a resolver esas dudas, problemas o frustraciones, pero no las exteriorizamos porque cada una de ellas es un acertijo que solo sabe la respuesta una persona determinada, y no es tan fácil como hablar con ella. Frecuentemente no debemos. Fuerza mayor para no hacerlo, aunque podamos. 
Saber como te sientes a veces no es la mayor duda, aún más grande es saber qué te pasa y no saber cómo actuar. Cuando analizamos un problema y vemos todas sus opciones, observamos todos sus pros y contras, pero aún así somos incapaces de decidir. No todo se limita a escoger la correcta, porque eso es un término muy subjetivo. ¿Y cuál es la decisión correcta? ¿La que nos hará sentirnos mejor aunque no debamos, o la que debemos pero nos mantendrá las mismas lagunas emocionales? 
Algunos diréis que la primera opción es la mejor (al menos yo, de buenas a primeras, lo diría), porque los sentimientos van por delante del deber, pero hay veces que no puedes hacer lo que te devolverá la respiración. No puedes crearte tus alas cortándoselas a otro, (o por lo menos, no por segunda vez fallida). 
Es cierto que de los errores se aprende. A mirar antes de cruzar la calle, a veces para asegurarse que pasa un coche y tirarnos, y otras para pasar con vida al otro lado. El aprendizaje no siempre es bueno, a veces envenena partes de ti. 
Para los que habéis escogido la segunda, tengo que decir que en estos instantes pienso así (aunque no sepa la respuesta a la misma pregunta que he formulado yo). Si quieres a alguien, deja que se vaya, él ya decidirá si quedarse o no. Pero si le echas no pidas que vuelva, aunque ya no compartáis auriculares y besos, porque tú le has echado y él se ha ido porque te quiere ver feliz, así que lo más justo es que le dejes ser feliz ahora a él. 
Las preguntas, al fin y al cabo, nos las ponemos nosotros, y suelen no tener respuesta, aunque a veces lo mejor es el tiempo. O bien para encontrar solución o para borrar los interrogantes.