domingo, 23 de marzo de 2014

Abrazos inesperados a modo de cafés.

Un café con leche, o solo, o un chocolate caliente por las mañanas, el olor a pan recién horneado cuando pasas por delante de una panadería, un buen libro, una lluvia improvisada que te refresque la mente y te lave la cara, el placer al quitarte los tacones después de estar horas con ellos, ir descalzo por casa, bostezar, taparse con una manta los días más fríos de invierno, o darse un baño de agua fría en pleno verano. Pequeños instantes que hacen nuestra vida un poco más especial, pero ninguno de ellos se puede comparar con un abrazo, sea del tipo que sea. Como los que te dan por la espalda, sin que te los esperes; o los que te dan sin motivo, pero que te estrujan de una manera agradable, o los que te dan a modo de despedida, aunque tristes también son especiales. Lo importante es que te transmitan, que los sientas y que te hagan vibrar, que te tiemble todo el cuerpo y tu alma se sienta relajada.
O si un abrazo se te hace complicado, por los motivos que consideres, siempre puedes escribir. Sentarte frente a un papel y dejar viajar tu mente, dejando hablar a tu corazón por ti. Muchas veces daríamos lo que fuera por que nos llegara una carta diciendo lo que alguien siente o piensa de nosotros. Pero no solo con lo bueno o con lo malo, sino con ambas cosas.
Llegar a la conclusión que he llegado me ha costado varios días y varias conversaciones profundas con gente que realmente me importa., pero al fin puedo decir que ya lo veo todo claro. Yo propongo que, como a veces las palabra no salen, escribirles a las personas importantes, a nuestros pilares, por qué las necesitamos tanto, por qué las queremos y por qué son tan especiales. Los por qué son importantes, hay que argumentar nuestros sentimientos, y que los demás lo sepan. No hace falta que lo sepa medio mundo, pero sí esa persona correcta.
Me podréis llamar soñadora, o ilusa, o cursi, pero el hecho de tener escrito, ya sea a mano o a ordenador, todo lo que siento en momentos importantes de mi vida, me hace sentir bien. Una especie de diario, pero no tan externo, es decir, no tan superficial, sino en el que cuento mis sentimientos, lo que pienso en cada recuerdo bonito o no tan bonito. Porque seguro que a todos nos gustaría vivir de nuevo algunos instantes y sentirnos como entonces, y ya que por ahora no hemos inventado aún una máquina del tiempo, leer como nos sentíamos por algo, por alguien, o por nada, es una buena manera de meternos más en los recuerdos, de revivir todo lo que se pueda de aquel primer beso, de aquella tarde en el cine con las amigas, de conversaciones profundas, de caricias, de abrazos, de personas que van y que vienen.  
Las que se van y dejan marca nunca acaban de irse, nos dejan una parte de ellos en nosotros; y los que vienen nos aportan aire fresco, experiencias nuevas, futuro, esperanza y, lo más importante, sentimientos.






Buenas noches y feliz semana a todos.

sábado, 15 de marzo de 2014

La realidad irreal.

Vivir una vida que crees que es real y cuando las cosas empiezan a cuadrarte, descubrir que todo era mentira. Es una destrucción momentánea pero intensa. Que arde, más que el fuego en una hoguera de San Juan. Las llamas suben y suben, los sentimientos acaban en cenizas. Todo queda sumido en un gran vacío gris, el cual es más peligroso que las propias llamas, por que las llamas queman todo a su paso, lo que estaba vivo, pero el hueco que dejan es la representación de la muerte. Da pánico llegar a tal punto, pero si llegas no sé qué aconsejar para salir de él. Yo estoy aquí, sentada en medio de este desierto con principio pero sin fin, y no tengo la solución. Respiro hondo. El aire caliente me envuelve y dificulta cada inspiración. Los pulmones dejan escapar el soplo de sentimientos reprimidos. Mi corazón empieza a quejarse con latidos discontinuos.Cuando pienso se acelera, debido a la impotencia de no saber como salir, de no saber como he llegado a este lugar. 
Mis oídos captan un susurro, inesperado, diferente, pero conocido, es el inicio de la canción que escuchábamos el día que vino a recogerme, el día que lo cambió todo. No sé si él le estaba prestando toda la atención que se merecía, esa canción fue nuestra última canción juntos. Las notas recorrían mis oídos, atravesando mi cerebro y grabándose en mi corazón. 
Ahora la escucho más nítidamente, es un sonido claro que provoca lluvia. El tiempo en mis ojos empeora. Empieza levemente, con varias lágrimas que asoman tímidamente, pero acaba en una de las peores tormentas vividas en el tiempo que recuerdo. Pero necesito llorar, desahogarme de todo lo que me causa dolor, expulsar los recuerdos que como astillas, o más bien cuchillos, se introducen con más fuerza a medida que pasa el tiempo. 
Mis piernas se cobijan entre mis brazos, que como escudos intentan protegerme, hechos con un metal para nada frío, sino con un tipo diferente, uno que me da un calor parecido a sus abrazos, pero no lo consigue. Cuanto anhelo un abrazo, pero ninguno consigue quitarme esta pena, sólo el suyo.  Pero cuando la solución es el problema, la cosa se complica y aún se hace menos probable encontrar fino salida a aquel sitio en el que no quieres estar más tiempo. Tu mente es el peor recinto para pasar tanto tiempo, gris, frío, sólo. Sin él, pero luchando para ser más fuerte que tus sentimientos. Lo mejor ha sido acabar con aquello, te hacía daño, y es que las mentiras, y más de once meses, son las que más desmontan, las que más cambian. 

sábado, 8 de marzo de 2014

La urgencia de necesitarte.

Las idas y venidas nadie las remedia. De estar en lo más alto pasamos a caer sobre cemento duro, y nos estampamos, haciéndonos daño. Todo sería más fácil con un colchón, quizás así la caída sería hasta agradable. El problema a veces está más allá de encontrar un colchón, porque... ¿y si lo encuentras que pasa? Sí, ese soporte lo tendrás en caso de emergencia. Pero en ocasiones, sientes que necesitas ese blando cobijo, aunque no hayas caído. Es una emergencia, necesitas poder dormir, descansar, olvidarte de todo y dejar a tu mente vagar, soñar. Porque si lo que nos hace soñar, nuestro colchón, no está en los momentos que realmente son urgencias, urgencias de necesidad, de poder oler sus sábanas y que te rocen la piel a modo de caricia, es como si el colchón pasará a ser una cama de clavos oxidados. Oxidados por el paso de las urgencias sin solventar, sin estar presente. Yo ya sé quién es mi colchón, pero lo peor es que también es mi urgencia. "Quiero estar contigo, eso es todo."