Quizá han sido muy prematuras mis señales de aterrizaje sobre tu pecho, o he acelerado tanto mi motor que empieza a sufrir fallos técnicos por saltarme la revisión previa al despegue, por salir corriendo detrás de ti sin mirar por donde me lleva la esquina que giré por ti.
Me has vuelto el sueño en hora de lectura, mi mente en plena hora punta de una ciudad que no duerme. Con los mil ejecutivos y sus cafés abrasando mi garganta, y sus reuniones de trabajo y mis poemas sin acabar, y gente de aquí para allá y mis cigarros a medio apagar, y pitidos y luces intermitentes, y señales de tráfico falsas.
Me has dejado en medio de una ciudad con esquinas redondas, con rotondas sin salidas y con puertas cerradas y piernas abiertas.
Un sitio sin olas que ver romperse contra las rocas, pero con sal para las heridas.
Mucho ruido y poca música, mucha gente y pocas personas. Muchos metros cuadrados y pocos lugares acogedores.
Me quería perder en un caos más evasivo. Me he encontrado con unas manos frías y unos ojos sin reflejo. Una pupilas vacías y una mente sin fondo.
