jueves, 23 de abril de 2015

Creciendo.

Hoy desconecto un poco del mundo, un poco de ti. Aunque sea por un instante voy a volver a mi. 
Quizá han sido muy prematuras mis señales de aterrizaje sobre tu pecho, o he acelerado tanto mi motor que empieza a sufrir fallos técnicos por saltarme la revisión previa al despegue, por salir corriendo detrás de ti sin mirar por donde me lleva la esquina que giré por ti. 
Me has vuelto el sueño en hora de lectura, mi mente en plena hora punta de una ciudad que no duerme. Con los mil ejecutivos y sus cafés abrasando mi garganta, y sus reuniones de trabajo y mis poemas sin acabar, y gente de aquí para allá y mis cigarros a medio apagar, y pitidos y luces intermitentes, y señales de tráfico falsas. 
Me has dejado en medio de una ciudad con esquinas redondas, con rotondas sin salidas y con puertas cerradas y piernas abiertas. 
Un sitio sin olas que ver romperse contra las rocas, pero con sal para las heridas. 
Mucho ruido y poca música, mucha gente y pocas personas. Muchos metros cuadrados y pocos lugares acogedores. 
Me quería perder en un caos más evasivo. Me he encontrado con unas manos frías y unos ojos sin reflejo. Una pupilas vacías y una mente sin fondo. 

lunes, 13 de abril de 2015

'El beso del último otoño'.


De otoño se pinta las rayas el clima, y se pone colorete del color del viento. Necesita sonrojarse tanto como me sonrojo yo, por su frío y los abrazos que me dan para contrarrestarlo. 
Hace falta abrigarse un poco más cuando anda cerca para evitar la glaciación interna. Aunque hay gente que tiene piedra en vez de corazón, u órgano de viejo de anticuario, de los que chirrían por el paso de los daños. 
Sonidos que me recuerdan a los llantos silenciosos entre mi almohada y yo, yo y mi almohada.  Ella si que sabe escuchar, e insonorizar las verdades nocturnas que recito esperando a que amanezca.  
Interiorizamos y arriesgamos a abrir la herida mal curada. 
No quiero hablar de culpables, pero me lanzaste tú el cuchillo (y yo no me aparté). Verte sonreír era más efectivo que un calmante y un somnífero. Contigo creía que soñaba, pero de lo que no me daba cuenta era de la pesadilla en la que estaba. 
Al final he preferido vestirme de negro, y, pasear por los charcos de lágrimas ajenas mientras recuerdo, entre hojas secas, el beso del último otoño.