miércoles, 23 de abril de 2014

Dispárame.

No dejes que me hagan daño. Hiéreme tú disparando 'te quiero's reales con la pistola en forma de corazón que tienes en el pecho, justo al lado de esas tres pecas tan graciosas que forman un triángulo. Pero más peligroso que el triángulo de las Bermudas, porque aquí me pierdo cada noche desde que me sonreíste aquella noche en ese bar tan peculiar. 
Entraste con los típicos aires de 'me voy a comer el mundo' que tanto te caracterizaban. Mirabas a cada una de tus "presas" y, aunque alguna se llevó tres o cuatro segundos de tus ojos, sin saber la razón, te paraste en mi. Desde ese momento todo fue una locura, un descenso continuo en la montaña rusa. 
Empecé a hacerme la dura para que bajaras esa prepotencia que tan poco me gustaba. Pero tú te mantenías firme, en tus trece. De pronto un día me deje llevar por las sorpresas, por los sentimientos y por ti. Fuiste mi perdición, pero a la vez mi salvación. 
Te enseñé a coser, y cada noche me arreglabas un poquito de mi alma desgarrada. Usabas una aguja transparente que me atravesaba la cintura y el ombligo, y notaba cada pinchazo de ternura en mi estómago. El hilo no era de los que de rompen fácilmente, porque tú decías que las cosas si se hacen, se hacen bien. 
Sabías como hacerme ser niña de un solo chico. Como cuando me dabas a probar tus helados de chocolate y, en vez de probar aquel sabor, te probaba a ti, que me robabas la propiedad de mis labios en unas milésimas de segundo. 
No todo era ternura y tranquilidad, también teníamos nuestros ataques de amor descontrolado. Tus besos en el cuello y mis mordiscos por tu oreja, esos eran los que empezaban la guerra. Eramos tú contra mi, en una batalla a campo abierto, desde la entrada de tu casa hasta el final de tu cama. Nuestras únicas armas, nuestros cuerpos, y no necesitábamos más. Lo bueno de aquello era que siempre ganábamos, no existían perdedores. Los mejores premios eran recuerdos, que aún guardo entre las páginas de mi corazón, como flores ya marchitas que quieres recordar la primera cita y el primer beso, pero que aún tienen aroma a añoranza, a amor, a besos y a pareja. El olor es dulce, no tanto como el azúcar, pero parecido al del chocolate negro de la marca de tus labios. 

Quémame la espalda con besos madrugadores.

Te odio tanto. Te odio a muerte, a muerte de besos y de 'te quiero'. A tardes de mordiscos en el cuello y no tan en el cuello. A caricias por mi espalda y a calores, peores que los del café recién hecho, pero que espabilan que da gusto. Ni lavarse la cara, mejor lavarse el alma con duchas de agua fría, pero tú siendo mi jabón y yo tu agua. Salgamos abrazados y envueltos en la toalla de la pasión, para que el frío no congele nuestras ganas, y bueno, tampoco nuestros corazones. Cantemos con nuestro propio código secreto. Salpiquemos pasión por cada costado. Despidamos al sol y saludemos a la luna, o viceversa. Y al final márcame como si de una pieza de ropa de niño de guardería se tratase, para saber que tiene dueño y si me pierdo saber de donde vienen esas lágrimas de amor, y de melancolía. También para poder reclamarte mi corazón pon tu número de teléfono en alguna parte de mi o tatúame tu nombre y apellidos con saliva, en el pecho, para que cada vez que me mire en el espejo me acuerde de ti, y vea sobre mi sujetador, en que tanto desabrochabas, las iniciales de nuestro amor de verano, que se alargó varios solsticios. 

viernes, 18 de abril de 2014

Restos de ti.

Como guitarrista te acordaras de las curvas de mi guitarra española, y de los acordes de mi voz, que cada mañana te daban los 'buenos días'. Ya no sentirás tu camiseta mojada por lágrimas ajenas. Bueno, ajenas no, mías. Y mis abrazos ya no acabaran con tu frío. Aunque no creo que vivas un invierno eterno, como el mío. Porque tú eras mi amor de verano, pero yo te quería para todo el año. Eras mi verano constante. Tus besos como huellas en mi piel, dejaban un rastro de amor por mi cuerpo. Abrazos con 'te quiero' al oído, y no tan al oído. O convertirte en carnívoro, y morderte el cuello como un buitre que busca los restos del deseo. Deseo de pasar cada segundo a tu lado. 
Sabía que lo bueno no duraba, pero quería volver a ser niña y creer en los imposibles. Eras mi sabor de helado favorito, ojos de miel y pelo de chocolate, con un extra de azúcar en tu lengua. Pero tú mi helado, yo su "dueña" (si se puede decir así), pero la que me derretía al probarte era yo. No necesitaba el calor del sol veraniego, solo una de tus sonrisas. Como en un mundo paralelo, como el País de las Maravillas, y yo como Alicia, descubriendo cada día una sorpresa de nuestro 'nosotros'. Mas bien de mi 'nosotros' y tu 'nosotros'. Eran diferentes y contrarios. Quizás por eso aguantaron juntos un tiempo, hasta que chocaron tanto que rompieron la pieza que los unía. 
Acabamos siendo el puzzle de mil piezas que de queda por acabar, ya sea por dejadez o por la pérdida de algunas fichas. Pero fue divertido mientras lo construíamos. Sobretodo cuando conseguíamos formar alguna imagen nítida, que nos besábamos y se me aceleraba el corazón, y tu me apartabas y me clavabas la mirada en todo mi ser. Y bueno, el resto ya te lo sabes.
Lo mejor de todo era nuestra poesía, en cualquier idioma, en el del sofá, el del baño, el de la cama, el de la playa, el de cada amanecer y atardecer. O como en un abrir y cerrar de ojos pasábamos del día a la noche, como dos locos, como dos enamorados. 
Y hablando de locuras, dejarme llevar por ti ha sido la peor, y a la vez la mejor. Me hipnotizaste con tu colonia, que luego odiaba. Prefería tu propio olor, el que me daba las buenas noches cuando la luna me sonreía. Ese olor que se quedaba en tus sudaderas de día y mis pijamas de noche. Para todo lo que trabajaban cobraban poco y no se quejaban. Pero tú les ofreciste una oferta mejor y se fueron contigo, y yo me quedé mirando como se iba lo que creía mío. Y no hablo de ellas, sino de ti. 
Me hiciste creer en los imposibles, pero luego, te fuiste, y empecé a odiarlos. Todo eso son cuentos chinos, que entretienen un rato, hasta que el que sabe que es mentira, encuentra un lector mejor y te deja sin final, sin saber como acaba la mejor historia que ha caído en tus manos. Los cuentos, cuentos son, y tú siempre serás mi historia sin acabar favorita. 

miércoles, 16 de abril de 2014

Brotes de nostalgia salpicados de euforia.

La mejor representación de la vida es un electrocardiograma, lleno de subidas y bajadas. No puede ser continuo, porque si dibuja una linea recta es que has muerto. 
Las pulsaciones en cada uno de nosotros son diferentes. Diferentes vidas, diferentes ritmos. No sabes en que momento el pulso caerá o se acelerará con algún te quiero. 
Puedes hacer de médico y hacer suposiciones de como será el estado del paciente en unos días o unas semanas, pero solo son eso, suposiciones, dejando actuar al destino. Como si de un aprendiz de mago se tratase, y que controla su sombrero en el que se acontecerá el truco, o eso se supone, porque entre paso y paso, ojea el libro de magia que tiene al lado. Unos golpes de varita sobre él, sí, buenos golpes. Sentimos cada uno de esas agitaciones que provoca, y oímos unas palabras extrañas que son las que dan paso a la magia, bueno, más bien al azar. El azar de elegir una opción o otra, ¿vainilla o chocolate?, ¿hoy o mañana?, ¿el de siempre o el de nunca?. 
¿Y si elige mal?¿y si elegimos mal? No sabremos nunca nada con certeza, pero todo para por algo, con algún fin, y tenemos que ver lo bueno de la situación porque lo negativo ya lo tenemos todos los días, en la sociedad, que no sabe ver otros colores que blanco, negro y gris. Debemos pintar nuestro día a día del rojo de nuestro corazón, del de nuestra sangre, rojo pasión. Pasión por vivir y amar. 

lunes, 7 de abril de 2014

La sal cura y escuece.

Conocerte fue mi mala suerte, y quizás por eso, hoy ya no tengo las mismas manías que contigo. Quizás ya no soy tan supersticiosa. Por qué cuando tu buena suerte pase a ser tu mala suerte, la que antes era mala ahora es tu mejor amiga. Has creado la antítesis, la perfecta copia contraria de la cadena de mi ADN. Has hecho que no quiera, lo que antes ansiaba, has hecho que deje de creer en mi principal creencia, que para mi ya no hayan suspiros, sino aullidos, que prefiera la noche al día. Has hecho que crea más en los finales que en los principios. Cuando entraste creí que te quedarías, pero llegó el viento y te arrastro por esa puerta que debería haber estado cerrada, pero no fue el caso, te aferraste al marco con todas tus fuerzas, dejando marcas que ni con barniz ni pintura se van, ni se irán, pero el aire fue más ansioso que tú. Te acabó echando y cerrando la puerta con pestillo y cerrojo, para que yo no corriera tras tu alma, que entonces aún creía viva. Desde entonces odio las tardes ventosas, hasta la brisa que refresca en verano me resulta molesta. Todo me resulta un huracán que, al fin y al cabo, estoy intentando cruzar, y por el cual sé que pasaré. Otra cosa es que lo haga sana y salva, y sin ninguna herida ni arañazo de por medio, como los de la puerta que sigue cerrada. 

Aunque aquel soplo quizás no quería matarme quitándote de en medio, a lo mejor solo quería salvarme de ti. Y cuando lo miro de esa manera voy a la playa, a sentir como aquel aire agita mi pelo, que bajo el sol de primavera brilla, y sentir las gotas, frías y saladas, rociar mi piel. Pero la sal, al igual que escuece, cura. Sana los arañazos que me provocaste. Para que algo cicatrice, primero tiene que doler, escocer, arder. Que tú quemes por dentro, grites, llores, sufras y superes. La vida está hecha para que te hieran y te cures, tú o los que te quieren. Tu sal y tu brisa marina.