No dejes que me hagan daño. Hiéreme tú disparando 'te quiero's reales con la pistola en forma de corazón que tienes en el pecho, justo al lado de esas tres pecas tan graciosas que forman un triángulo. Pero más peligroso que el triángulo de las Bermudas, porque aquí me pierdo cada noche desde que me sonreíste aquella noche en ese bar tan peculiar.
Entraste con los típicos aires de 'me voy a comer el mundo' que tanto te caracterizaban. Mirabas a cada una de tus "presas" y, aunque alguna se llevó tres o cuatro segundos de tus ojos, sin saber la razón, te paraste en mi. Desde ese momento todo fue una locura, un descenso continuo en la montaña rusa.
Empecé a hacerme la dura para que bajaras esa prepotencia que tan poco me gustaba. Pero tú te mantenías firme, en tus trece. De pronto un día me deje llevar por las sorpresas, por los sentimientos y por ti. Fuiste mi perdición, pero a la vez mi salvación.
Te enseñé a coser, y cada noche me arreglabas un poquito de mi alma desgarrada. Usabas una aguja transparente que me atravesaba la cintura y el ombligo, y notaba cada pinchazo de ternura en mi estómago. El hilo no era de los que de rompen fácilmente, porque tú decías que las cosas si se hacen, se hacen bien.
Sabías como hacerme ser niña de un solo chico. Como cuando me dabas a probar tus helados de chocolate y, en vez de probar aquel sabor, te probaba a ti, que me robabas la propiedad de mis labios en unas milésimas de segundo.
No todo era ternura y tranquilidad, también teníamos nuestros ataques de amor descontrolado. Tus besos en el cuello y mis mordiscos por tu oreja, esos eran los que empezaban la guerra. Eramos tú contra mi, en una batalla a campo abierto, desde la entrada de tu casa hasta el final de tu cama. Nuestras únicas armas, nuestros cuerpos, y no necesitábamos más. Lo bueno de aquello era que siempre ganábamos, no existían perdedores. Los mejores premios eran recuerdos, que aún guardo entre las páginas de mi corazón, como flores ya marchitas que quieres recordar la primera cita y el primer beso, pero que aún tienen aroma a añoranza, a amor, a besos y a pareja. El olor es dulce, no tanto como el azúcar, pero parecido al del chocolate negro de la marca de tus labios.

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