Los ases que tenía en la manga se han quemado, la suerte del trébol de cuatro hojas que guardaba en la cartera se ha perdido, los polvos de hada creo que se los esnifó algún amigo que pasaba de pasada por mi casa, por mi vida, por mí.
La magia de la infancia se quedó en el suelo junto con mi sangre, hablo de la que cayó, o más bien tiré, al caerme con la bicicleta a los diez años. Ahora busco esa fantasía en la noche, no soñando, pero intentándolo. Soñar no creció conmigo, yo salté de la cuna antes y él no me siguió.
Los dulces me siguen encantando, pero no los caramelos, prefiero el azúcar de unos buenos labios mezclados con un poco de alcohol, me da igual que sea del barato.
Ahora la finalidad principal es olvidar y reír entre copas, vivir todo lo que no disfrutamos sobrios. ¿Qué para qué sirve una buena botella? Para evadirse del rutinario no-sé-quién-soy-ni-adonde-voy.
Nos tomamos la pastilla de agrandamiento, la de Alicia en el País de las Maravillas, en dosis importantes, y luego viene el problema de crecer tan rápido que te estampas con la realidad con la misma velocidad, que no es poca.

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